ACTUALIDAD

 EL AMOR HUMANO, LA MADUREZ, EL DIALOGO, LA ENTREGA, LA HUMILDAD

En las relaciones personales a través del diálogo.
Aprendiendo a ser generosas en la entrega.

Cuando hablamos del amor humano, nos referimos a una palabra muy gastada en nuestra sociedad, “Amor”. Benedicto XVI tiene toda una encíclica dedicada a enseñarnos lo que significa esta palabra, partiendo de la realidad de que DIOS ES AMOR.

La capacidad de amar es única del ser humano, es una característica de la persona humana porque es creada a imagen y semejanza de Su Creador. Es una imagen, no se refleja a sí misma, sino a Dios. En la medida en que ese reflejo sea como la imagen de Cristo, en tanto la persona ame como su Señor, en esa medida estará siendo más humana, y por lo tanto más santa.
La persona está hecha para ser amada y para amar. Primero de forma pasiva y luego activa. De la misma manera que un niño, no ha amado, ni siquiera ha nacido, y ya sus padres lo aman.
Así explica uno esa cita bíblica que dice que Dios nos ama desde antes de la creación del mundo. Un matrimonio no ha tenido hijos y ya empieza a imaginárselos y empieza a quererlos…

…volviendo al tema, luego por el amor de sus padres esa crIatura es capaz de amar, aprende a amar a partir de ser amada.

¿Qué sucede en el camino que pareciera que aprendemos mañas que nos debilitan en la capacidad de comunicarnos, de amar, de entregarnos?…

Vamos a hablar de la virtud de la prudencia, y de la humildad. De soberbia y la presunción como obstáculos para crecer en la madurez humana que en definitiva es lo que nos ayuda a entregarnos con generosidad.
No hablaremos de las virtudes en sí mismas, sino que las veremos en actitudes de nuestra vida diaria, para examinarnos y sacar propósitos según el Espíritu Santo nos vaya dando luces. De la misma manera con la soberbia y la presunción.

Una nota esencial de la madurez personal es la capacidad de diálogo, una actitud de apertura hacia los demás que se manifiesta en la cordialidad del trato y en un sincero deseo de aprender de cada persona.

El diálogo es muy importante para la propia madurez, porque en la confrontación (no como algo retador sino como algo enriquecedor) con otra persona, en la confrontación con las demás culturas, incluso en la confrontación con las demás religiones, uno crece: crece, madura.

Cierto, existe un peligro: si en el diálogo uno se cierra y se enfada, puede pelear; es el peligro de pelear, y esto no está bien porque nosotros dialogamos para encontrarnos, no para pelear.

Y ¿cuál es la actitud más profunda que debemos tener para dialogar y no pelear? la mansedumbre, la capacidad de encontrar a las personas, de encontrar las culturas, con paz; la capacidad de hacer preguntas inteligentes: por qué usted piensa así, por qué esta cultura hace así. Escuchar a los demás y luego hablar. Primero escuchar, luego hablar.

La Sagrada Escritura cubre de elogios a quienes saben escuchar, y desdeña en cambio la actitud de quienes no prestan atención a los demás.
Oído que escucha represión saludable, habita en medio de sabios, dice el libro de los Proverbios, y el apóstol Santiago aconseja que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira.

Un problema frecuente para escuchar es que, mientras otro habla, recordamos algo que tiene que ver con lo que nos cuenta, y estamos pendientes de decir “la nuestra“en cuanto haya una pausa. Se producen entonces conversaciones quizá animadas, en las que unos a otros se quitan la palabra, pero en las que se escucha poco.

Otras veces, el problema es que la conversación no surge de modo espontánea, y hay que poner empeño en buscarla, con inteligencia.

En esos casos, hay que evitar la presunción, es decir, la tendencia a mostrar a cada momento nuestra agudeza o nuestros conocimientos; por el contrario, conviene mostrarse abiertos y receptivos, deseosos de aprender de los demás, de modo que ampliemos cada día nuestro abanico de intereses. (ejemplo de la persona que es economista y alguien empieza a hablar de la costura o bordado y hacer un comentario para salirse del tema porque no interesa a la economista, o a la doctora, etc.)

De este modo escucharemos con atención cosas que quizá inicialmente no nos interesan demasiado, sin que eso implique hipocresía por nuestra aparte: se trata muchas veces de un esfuerzo sincero por sobreponerse al propio criterio, y por agradar y aprender.

Saber conversar requiere conjugar la audacia con la prudencia, el interés con la discreción, el riesgo con la oportunidad.
Es preciso no caer en la ligereza, estar dispuesto a rectificar unas palabras precipitadas o inoportunas que quizá se nos han escapado, o una afirmación un poco rotunda que tendríamos que haber ponderado mejor.
En todo caso, las buenas conversaciones dejan siempre poso: vienen después de nuevo a la memoria las ideas, los argumentos expuestos por unos y otros, surgen nuevas intuiciones y nace la ilusión de continuar ese intercambio.

OBSTACULOS

Conviene que salgamos de nosotros mismos; que nos abramos a Dios, y por El, a los demás.
Superaremos entonces ese egocentrismo que a veces nos lleva a acomodar la realidad a la estrechez de nuestros intereses o a nuestra particular visión de las cosas, y estaremos más en guardia ante ciertas deficiencias que crean distancias con las personas y que, por tanto, entrañan inmadurez:

1. expresarnos con una rotundidad que muchas veces no se corresponde con nuestro conocimiento de las cosas; es decir, ser muy lineales en nuestros argumentos, y enfáticas, casi de forma infalible en cosas que son opinables.          Por ejemplo estamos comentando sobre un tema de las finanzas públicas, y hacemos juicios de valor como si fuéramos politólogas…hablamos con una contundencia que no corresponde a nuestro conocimiento de las cosas y además agregamos un juicio de valor sobre las personas…eso crea disgustos en la parte que difiere…De la misma manera cuando alguien habla sobre algún asunto referente a la Iglesia o al Vaticano, o a los sacerdotes…son temas difíciles…debemos en todo ser respetuosas y prudentes…no hace falta crear una polémica que no va a resolver nada…será mejor hablar de forma personal y primero ante todo la amistad, debemos ser sembradoras de paz. Así pasamos al segundo obstáculo.

2. manifestar nuestras opiniones con un tono de censura hacia los demás; servirnos de soluciones prefabricadas o de consejos repetitivos;

3. irritarnos cuando alguien no piensa como nosotros, aunque luego nos digamos a favor de la diversidad y de la tolerancia; llenarnos de celos cuando alguien sobresale a nuestro alrededor,

4. exigir a otros un nivel de perfección que les sobrepasa y que tal vez nosotros mismos no alcanzamos,

5. pedir sinceridad y franqueza, cuando en cambio quizás nos resistimos a las correcciones. O nos resistimos a ser sinceros con quien nos acompaña o nos dirige en nuestro caminar…o aparentamos delante de los demás una perfección que no existe más que en nuestra mente.

6. La soberbia suele esconderse dentro de otra actitud aparentemente positiva, a la que contamina sutilmente.

Después, cuando se hace fuerte, crecen sus manifestaciones más simples y primarias, propias de la personalidad inmadura:

la susceptibilidad enfermiza, el continuo hablar de uno mismo, la vanidad y afectación en los gestos y el modo de hablar, las actitudes prepotentes o engreídas, junto al decaimiento profundo al percibir la propia debilidad.

La soberbia unas veces se disfraza de sabiduría, de lo que podríamos llamar una soberbia intelectual que toma apariencia de rigor.

Otras, se oculta detrás de un apasionado afán de hacer justicia o de defender la verdad, cuando en el fondo existe sobre todo un sentimiento de revancha: un afán de precisarlo todo, de juzgarlo todo.
Se trata de actitudes que, en lugar de servir a la verdad, se sirven de ella –de una sombra de ella- para alimentar el deseo de quedar por encima de los demás.

Igual que no existe la salud total y perfecta, tampoco podemos acabar por completo con las argucias de la soberbia. Pero podemos detectarla mejor, y no dejar que nos gane terreno. Habrá ocasiones en que nos engañará, porque tiende a atrincherarnos: nos hace reticentes a que los demás nos hagan ver nuestros defectos. 

Pero si nosotros no vemos su rostro, oculto de diversas maneras, quizá los demás sí lo habrán podido ver.

La soberbia se combate con la humildad, Si somos capaces de escuchar la advertencia fraterna, la crítica constructiva, nos será mucho más fácil desenmascararla. Hace falta ser humilde para aceptar la ayuda de los demás. Y hace falta también ser humilde para ayudar a los demás sin humillar.

MADUREZ Y SENTIDO CRÍTICO.

Cuando miramos a los demás con afecto, muchas veces advertiremos que podemos ayudarles con un consejo de amiga; les diremos con confianza lo que otros quizá también han visto pero no han tenido la lealtad de comentarles.
Solo ese fundamento, la caridad, hace que la corrección o la crítica sea verdaderamente útil y constructiva. Cuando hayas de corregir, hazlo con caridad, en el momento oportuno, sin humillar…y con ánimo de aprender y de mejorar tú mismo en lo que corrijas.

La clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está en cierta manera ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos. Cuando se sabe lo que cuesta mejorar, lo difícil que resulta y, al mismo tiempo, lo importante y liberador que es, entonces es más fácil observar a los demás con cierta objetividad y ayudarles realmente.

El que sabe decirse  las cosas claras a sí mismo, sabe cómo y cuándo decírselas a los demás, y es capaz también de escucharlas con buena disposición.
Saber recibir y aceptar la crítica es prueba de grandeza espiritual y de profunda sabiduría: Quién ama la instrucción, ama el saber, y quien odia la corrección es un estúpido. Pr 12,1.

Sin embargo, aceptar lo que nos dicen los demás no supone vivir siempre pendientes de la crítica en nuestra vida profesional o social, bailando al son de lo que se diga o se deje de decir sobre lo que hacemos o somos, porque esa preocupación acabaría siendo patológica.

A veces, el que hace bien las cosas puede ser bastante criticado: lo censuran quizá los que hacen las mismas o parecidas cosas, porque se ponen celosos.
No faltan casos así, en los que hay que hacerse “perdonar” por los que apenas hacen nada y por los que no conciben que se pueda hacer nada bueno sin contar con ellos. Es pedir perdón aunque no sea necesario, con sencillez y con humildad, no pasa nada si lo hacemos, Cristo sin tener pecado, no solo pidió perdón por nosotros sino que se hizo pecado…tomo sobre sí nuestra culpa…
En esos casos, como nos aconsejaba San Josemaría Escrivá de Balaguer, hemos de saber callar, rezar, trabajar, sonreír…y esperar. No deis importancia a esas insensateces; quered de veras a todas esas almas. Caritas mea cum ómnibus vobis in Christo Iesu!.

MEDIOS PARA CRECER EN EL AMOR Y LA ENTREGA.

La interioridad es el centro vivo de la persona, lo que hace que sus fuerzas, cualidades, disposiciones de ánimo y acciones formen una unidad. Quien es capaz de vivir dentro de sí, de recoger sus sentidos y potencias hasta sosegar el alma, desarrolla una personalidad más rica, porque es más capaz de relación, de diálogo. “El silencio –decía Benedicto XVI- es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido”.

Para no limitarse a nadar en la superficie de la vida, es preciso dedicar tiempo a pensar lo que nos ha pasado, lo que hemos leído, lo que nos han dicho, y sobre todo las luces que hemos recibido de Dios. Reflexionar ensancha y enriquece nuestro espacio interior: nos ayuda a integrar las diversas facetas de nuestra vida _trabajo, relaciones sociales, ocio, etc.- con el proyecto de vida cristiana que realizamos de la mano del Señor. Este hábito  implica aprender a entrar dentro de nuestra alma, superando la prisa, la impaciencia, la dispersión.

Se abre así un espacio de meditación en la presencia de Dios: “Quién de nosotros, a la noche, antes de terminar el día, cuando se queda solo, no se pregunta: ¿qué sucedió hoy en mi corazón? ¿qué sucedió? ¿Qué cosas pasaron por mi corazón?.

Ese sosiego del espíritu se consigue cuando cortamos con las tensiones de la vida y detenemos las solicitaciones de los asuntos pendientes, y la imaginación; cuando detenemos el ritmo de la vida exterior y callamos tanto por fuera como por dentro. De esa manera, nuestros conocimientos y experiencias adquieren profundidad, aprendemos a asombrarnos, a contemplar, a saborear los bienes del espíritu, a escuchar a Dios. Con esta riqueza interior, cuando salimos fuera podremos disfrutar más al comunicarnos con los demás, pues tendremos algo personal, algo nuestro, que aportar. En el silencio, podremos escuchar la voz del Señor.



Que nuestra madre bendita nos ayude en este día 8 de septiembre que celebramos su natalidad, a ser prudentes, a guardar las cosas en la intimidad de nuestra alma, para ponderar todo con sabiduría, y actuar en todo con generosidad, sabiendo rectificar cuando sea necesario. Cultivemos en nosotros el silencio interior para poder guardar como María todas las cosas en nuestro corazón.!



EL CAMINO DE LA FELICIDAD

INTRODUCCIÓN Y OBJETIVOS.

Reflexionar sobre el tema de la felicidad resulta apasionante, porque todos aspiramos a ser felices o ser más felices de lo que ya somos. Lo mismo deseamos para las personas que queremos, porque quien ama desea siempre lo mejor para el amado.
No intento ser ni demasiado filosófica, ni dar una receta sobre la felicidad, porque si no la clase se llamaría “recetas para ser feliz”.
Por eso la clase se llama, El camino de la felicidad, porque se trata de ser feliz mientras se camina, y no solamente al final del trayecto.
Trataré de ayudarlas a profundizar en el contenido de la felicidad, a descubrir el modo de ser feliz en la vida diaria, y a conectar esa felicidad cotidiana con la felicidad definitiva en la vida futura.
Pero no basta con querer ser feliz: es preciso aprender a serlo. De lo contrario, se corre el riesgo de no acertar, por no tener en cuenta los diversos elementos que intervienen en esta conquista. Aprender a ser feliz significa:
·        averiguar dónde está la felicidad y dónde no, para orientar adecuadamente el rumbo del camino;
¿dónde encontramos ese camino la felicidad?
¿a veces no somos felices o estamos tristes? ¿conocemos personas que viven eternamente tristes o amargadas? ¿cuáles creen que sean las causas?
·        evitar los obstáculos -sobre todo internos, como el resentimiento y la envidia-que interfieren con la felicidad, y aprender a eliminarlos cuando ya están presentes;

¿cuáles actitudes creen que favorecen la felicidad?
·        saber cuáles actitudes y disposiciones favorecen la felicidad -por ejemplo, la gratitud y el optimismo-, y cómo se generan en la práctica;
¿Tenemos parte en la construcción de nuestra felicidad?
¿cómo influye en nuestra felicidad la visión que tengamos de la vida?
·        responsabilizarse de la propia felicidad, ya que no es una cuestión de azar o buena suerte;
·        aprender a ser feliz en el proceso de la vida ordinaria, más que en los resultados o en los momentos puntuales extraordinarios;
·        descubrir el modo de sobrellevar las situaciones difíciles y dolorosas de la existencia, de manera que queden integradas en el sentido de la propia vida y no destruyan la felicidad;
·        aprender a contar con los demás y con Dios en el camino de la felicidad, porque solo no es posible ser feliz.

Inclinación natural a la felicidad
Todos queremos ser felices. Difícilmente se puede refutar esta afirmación, sobre todo si entendemos el verbo querer como deseo y como búsqueda. ¿Quién desea la infelicidad para sí mismo? ¿Quién no busca ser feliz, en el fondo de cada una de sus acciones? El niño que se empeña en entrar en una juguetería no busca un juguete, sino la felicidad; el estudiante que pretende un título universitario para luego tener éxito en la vida, no persigue la fama, quiere ser feliz; el investigador que pretende encontrar la piedra filosofal, no desea alcanzar sólo sabiduría, sino felicidad. Por eso, lo peor que puede ocurrir a una persona es que no resuelva con acierto su inclinación a la felicidad.
Sólo que en el hombre esta inclinación necesaria es a la vez libre: no puede querer otra cosa que ser feliz y, al mismo tiempo, lo desea libremente.
Tomás de Aquino lo señala así: "la voluntad apetece libremente la felicidad, aunque la busque a la vez necesariamente".
Pero se podría objetar que hay acciones humanas que parecen ir directamente contra la felicidad de quien libremente las realiza, como dañar la propia salud mediante el consumo de drogas, agredir a una persona querida, o simplemente aislarse de los demás para sumirse en la tristeza. ¿Se tratará de excepciones a ese deseo universal de felicidad?
Pascal afirmaba enfáticamente que NO, incluyendo el caso más extremo, el del suicidio:
"Todos buscan ser felices. No hay excepciones a esta regla. Aunque utilicen medios distintos, todos persiguen el mismo objetivo. Ésta es la fuerza motriz de todas las acciones de todos los individuos, incluso de los que se quitan la vida".

Otra cosa es lograr que, en la práctica, el deseo subjetivo de ser feliz, que siempre está presente, se resuelva satisfactoriamente.
San Agustín sostenía que:
"todos los hombres buscan la felicidad, y sin embargo la mayor parte no sabe cómo alcanzarla". Por tanto, una cosa es desear ser feliz y otra, muy distinta, serlo de hecho.
TODOS QUEREMOS SER FELICES AUNQUE INTUYAMOS QUE NO ES FACIL.
Placer, alegría y felicidad

El camino hacia la felicidad parece ser progresivo, en el sentido de que nunca se puede decir, mientras lo recorremos, que hemos llegado a la meta. Siempre se puede ser más feliz, pues la felicidad "es la plenitud de la vida".
Por eso Aristóteles afirmaba que "la felicidad debe ser algo estable".
Siempre que el hombre alcanza o posee un bien, experimenta una vivencia favorable que puede calificarse con el término gozo, que en el lenguaje filosófico se entiende como «descanso en la posesión de un bien».
Esto puede dar lugar a tres situaciones distintas:
si el bien es algo material, lo que se experimenta es placer sensible, que ordinariamente se caracteriza por su fugacidad, su falta de permanencia;
si el bien en cuestión tiene mayor entidad y a la vez es algo concreto -el amor de una persona, por ejemplo- o se refiere a un logro particular -como haber terminado la carrera universitaria-, el gozo que se experimenta recibe el nombre de alegría
Bergson destaca que "la alegría anuncia siempre que la vida ha logrado su propósito, ha ganado terreno, ha alcanzado una victoria";
en cambio, si el gozo procede no ya de una situación particular, sino de la situación vital integral (abarca a toda la vida de la persona) en que la persona se encuentra, entonces tiene carácter permanente y podemos hablar propiamente de felicidad.

Dicho con otras palabras, "la alegría está por encima del placer y por debajo de la felicidad. El placer tiene un tono fugaz, transitorio, huidizo; es importante y nos abre una ventana de aire fresco. Pero la alegría tiene un tono más duradero y se presenta como consecuencia de haber logrado algo tras un esfuerzo y lucha personal. A otro nivel, en otra galaxia, nos encontramos con la felicidad: suma y compendio de la vida auténtica y de ver el proyecto a flote".
"La felicidad es una condición de la persona misma, de toda ella, es decir, está en el orden del ser, y no del tener". Por eso, cuando se alcanza, es algo más profundo y permanente.

La insuficiencia del placer

Actualmente el bienestar material, el confort, la comodidad, y todo lo que produzca placer sensible o sensual, parece buscarse obsesivamente. Nos encontramos muy condicionados -no determinados- por toda una propaganda, con las técnicas más refinadas, para inclinarnos a la búsqueda de lo placentero, como si se tratase de un fin. De un fin que sería la fuente de la felicidad y que incluiría, por la misma razón, el rechazo del dolor. Así lo expresa Julián Marías: "Hay que buscar la felicidad del mayor número, la mayor cantidad de placer y el mínimo de dolor, y que los dolores sean transitorios y pasen pronto. Esto es lo que aproximadamente opina el mundo actual" .

Sin caer en el extremo de los estoicos, que consideraban el placer como algo necesariamente malo, contrario a la naturaleza del hombre, sí podemos reconocer que el placer sensible, aun cuando sea lícito y bueno, tiene la característica de ser transitorio: dura poco tiempo.
De aquí que el placer, por su transitoriedad, por su fugacidad, no pueda resolver el problema de la felicidad.

Quien centra su vida en el goce sensible tiene la experiencia de con qué angustiosa facilidad el placer se le escapa de las manos; las satisfacciones derivadas de momentos placenteros se desearían prolongar pero se acaban.
La consecuencia es el vacío interior, se frustra quien pretendía ser feliz por ese camino, y queda más insatisfecho de lo que se encontraba antes de la experiencia placentera.

Otra razón que explica por qué el placer no llena, no satisface, cuando se le busca como fin en sí mismo, como fuente de felicidad, es de orden casi diríamos fisiológico. El que se inclina obsesivamente tras el placer tiende a echar mano, una y otra vez, reiterativamente, de los estímulos que le han producido sensaciones placenteras. Pues bien, resulta que la capacidad de disfrutar el placer, de deleitarse a partir de esos estímulos, se va atrofiando en proporción directa a la frecuencia e intensidad del estímulo: la sensación placentera, procedente de un mismo estímulo, es cada vez menor.
Esto provoca que, si se persiste en la tendencia de buscar el placer a toda costa, se tenga que recurrir a estímulos cada vez más fuertes para compensar esa pérdida de capacidad en la apreciación sensible. Un ejemplo muy claro se da en las drogas y en el sexo.
Las razones anteriores son suficientes para entender que la vida de una persona, si se centra en el objetivo del placer, acaba en el absurdo y en la contradicción.
Y es que el hombre no está hecho para agotar su vida en las experiencias placenteras, sino para proyectarla hacia ideales más altos que le den sentido.
Por eso Viktor Frankl afirma que "si el placer fuese realmente el sentido de la vida, habría que llegar a la conclusión de que la vida carece, en rigor, de todo sentido" .

Bienestar y calidad de vida

El placer puede también convertirse en el fin de la vida humana de manera más sutil, en forma de bienestar. El bienestar entendido como el conjunto de condiciones materiales básicas que permiten llevar una vida verdaderamente humana es algo que no necesita justificación. Pero cuando el bienestar se convierte en el objetivo central de la vida y se le identifica con la comodidad material, suele llevar consigo la renuncia a valores superiores, de orden inmaterial y espiritual.
Por eso se entiende que un personaje europeo, a la pregunta sobre cómo se encontraban sus conciudadanos, haya contestado: «mis paisanos están muriéndose de bienestar». Y es que el bien-estar material mal entendido puede ser, por su propia naturaleza, un caldo de cultivo agónico en que la vida humana resulte insufrible, a pesar de las comodidades con que aquélla se rodea.
Y, en cualquier caso, "el bienestar por sí mismo no produce la felicidad; es simplemente un requisito de ella... La felicidad no consiste simplemente en estar bien, sino en estar haciendo algo que llene la vida".
En la actualidad se ha acuñado la expresión calidad de vida, que viene a ser la forma contemporánea de entender el bienestar. Incluye los siguientes aspectos:
·        la salud física y psíquica: el cuidado del cuerpo y de la mente;
·        el contacto con la naturaleza y el alejamiento de ambientes contaminados;
·        el aprovechamiento de los medios que la técnica ofrece, para tener resueltas las necesidades materiales personales;
·        el aprovechamiento de los adelantos tecnológicos que llenan la vida de comodidades y la hacen cada vez más placentera.
Si bien cada uno de estos aspectos, tomado aisladamente, puede tener un determinado valor, lo negativo del enfoque en su conjunto radica en la ausencia de un proyecto de vida que enriquezca al hombre de manera integral. Aquí todo aparece centrado, en definitiva, en el bienestar, sin abrir la perspectiva hacia los bienes y valores que proporcionan contenido a la persona humana y la conducen a tener la vida lograda. La calidad de vida, por tanto, no es suficiente para alcanzar la plenitud que la felicidad implica.
Una conquista difícil

Por tratarse de una realidad profunda, que no se reduce ni al placer ni a la simple alegría, es de esperar que la conquista de la felicidad no resulte fácil. Séneca advertía que "todos los hombres quieren vivir felices, pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas, y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente se la busque".
¿Es posible ser feliz?
Hay quienes conciben la felicidad en la tierra como contrapuesta a la felicidad en el cielo: o se es feliz aquí o se es feliz allá; quien desee alcanzar la felicidad definitiva deberá resignarse a ser infeliz ahora, es el precio que habrá que pagar para merecer la felicidad eterna. Este planteamiento llevaría, por tanto, a la resignación ante una vida por fuerza infeliz.

Quien tiene fe sabe que "Dios ha depositado en el corazón de cada hombre el deseo de la felicidad, como un impulso primario, y quiere responder a él comunicándonos su propia felicidad, si nos dejamos conducir por Él" , es decir, que Dios quiere positivamente que seamos felices y desea que nosotros, libremente, aceptemos su ofrecimiento de ayudarnos a conseguirlo. Pero, ¿dónde se encuentra esa felicidad que Dios quiere que alcancemos, en esta vida o sólo en la vida posterior a la muerte?; ¿existe alguna relación entre ser feliz ahora y ser feliz después?

La felicidad en esta vida o en la otra

Josemaría Escrivá de Balaguer señalaba que "el Señor no nos impulsa a ser infelices mientras caminamos, esperando sólo la consolación en el más allá.
Dios nos quiere felices también aquí, pero anhelando el cumplimiento definitivo de esa otra felicidad que sólo Él puede colmar enteramente". Esto quiere decir que no sólo no hay oposición entre una felicidad y otra, sino que se da una continuidad, porque la felicidad de ahora suele ser el preludio de la felicidad definitiva. Más aún, puede afirmarse que "la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra"
En este enfoque, obviamente, no cabe la resignación ante una vida con problemas y dificultades, sino la búsqueda activa de esa felicidad para la que Dios nos ha creado.
Pero puede surgir otra pregunta: ¿es esto compatible con el dolor y el sufrimiento?, ¿acaso no son las desgracias y las tragedias de la vida el precio a pagar para ganar el cielo? El modo de proceder de Jesucristo, recogido en tantas escenas del Evangelio, responde a estas preguntas: "Dios quiere la felicidad de los hombres así en la tierra como en el cielo. Es falso que nos haga comprar la dicha futura a costa de nuestros males presentes.
¿Permaneció indiferente Jesús a los sufrimientos de los hombres? ¿No se compadeció del dolor de las hermanas de Lázaro ante la tumba de su hermano hasta llegar a llorar también Él?
Si nuestros males actuales fueran la condición de nuestra dicha futura, ¿hubiera curado Jesús a tantos lisiados y a tantos enfermos, privándolos en esta hipótesis de su más segura posibilidad de ser dichosos” .

Por tanto, aunque Dios permita el dolor y el sufrimiento en la existencia del hombre, como oportunidad para aumentar el merecimiento de la vida eterna, quiere también que aprendamos a llevar esos males de manera que no nos conviertan en personas desgraciadas, sino por el contrario y paradójicamente, que sean camino de felicidad también en esta vida.





No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.