Angelus, 23 de agosto 2015 Papa
Francisco. Lectura complementaria CEC 27-35
Yo soy el Pan de Vida…
«Queridos hermanos y hermanas
¡buenos días!
Concluye hoy la lectura del
capítulo sexto del Evangelio de Juan, con las palabras sobre el ¡Pan de la
vida’, pronunciadas por Jesús, al día siguiente del milagro de la multiplicación
de los panes y peces.
Al final de su sermón, el gran
entusiasmo del día anterior se apagó, porque Jesús había dicho que era el Pan
bajado del cielo y que daba su carne como alimento y su sangre como bebida,
aludiendo así claramente al sacrificio de su misma vida. Estas palabras
suscitaron desilusión en la gente, que las juzgó indignas del Mesías, no
‘exitosas’
Algunos miraban a Jesús como a un
Mesías que debía hablar y actuar de modo que su misión tuviera éxito,
¡enseguida!
¡Pero, precisamente sobre esto se
equivocaban: sobre el modo de entender la misión del Mesías!
Ni siquiera los discípulos logran
aceptar ese lenguaje, lenguaje inquietante del Maestro. Y el pasaje de
hoy cuenta su malestar: «¡Es duro este lenguaje! – decían - ¿Quién puede escucharlo?».
(Jn 6,60)
En realidad, ellos entendieron
bien las palabras de Jesús. Tan bien que no quieren escucharlo, porque es un
leguaje que pone en crisis su mentalidad. Siempre las palabras de Jesús nos
ponen en crisis; en crisis por ejemplo, ante el espíritu del mundo, a la
mundanidad. Pero Jesús ofrece la clave para superar la dificultad; una clave
hecha con tres elemento. Primero, su origen divino: él ha bajado del cielo y
subirá allí donde estaba antes (62).
Segundo, sus palabras se pueden
comprender sólo a través de la acción del Espíritu Santo, Aquel que «da la
vida» (n. 63). Y es precisamente el Espíritu Santo el que hace comprender bien
a Jesús.
Tercero: la verdadera causa de la
incomprensión de sus palabras es la falta de fe: «hay entre ustedes algunos que
no creen». (64), dice Jesús. En efecto, desde ese momento, «muchos de sus
discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo». (n. 66) Ante estas
defecciones, Jesús no hace descuentos y no atenúa sus palabras, aún más
obliga a realizar una opción precisa: o estar con Él o separarse de Él, y dice
a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?». (n. 67)
Entonces, Pedro hace su confesión
de fe en nombre de los otros Apóstoles: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes
palabras de Vida eterna. (n. 68) No dice: ‘¿dónde iremos?’, sino ‘¿a quién
iremos?’. El problema de fondo no es ir y abandonar la obra emprendida, sino a
quién ir. De esa pregunta de Pedro, nosotros comprendemos que la fidelidad a
Dios es cuestión de fidelidad a una persona, con la cual nos enlazamos para
caminar juntos por el mismo camino. Y esta persona es Jesús. Todo lo que
tenemos en el mundo no sacia nuestra hambre de infinito. ¡Tenemos necesidad de
Jesús, de estar con Él, de alimentarnos en su mesa, con sus palabras de vida
eterna!
Creer en Jesús significa hacer de
Él el centro, el sentido de nuestra vida. Cristo no es un elemento
accesorio: es el ‘pan vivo’, el alimento indispensable. Ligarse a Él, en una
verdadera relación de fe y de amor, no significa estar encadenados, sino ser profundamente
libres, siempre en camino.
Cada uno de nosotros puede
preguntarse, ahora: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Es un nombre, una idea, es un
personaje histórico solamente? O es verdaderamente aquella persona que me ama,
que ha dado su vida por mí y camina conmigo. ¿Para ti quién es Jesús? ¿Intentas
conocerlo en su palabra? ¿Lees el Evangelio todos los días, un pasaje, del
Evangelio para conocer a Jesús? ¿Llevas el Evangelio todos los días, en la
bolsa, para leerlo, en todas partes? Porque cuanto más estamos con Él, más
crece el anhelo de permanecer con él. Ahora les pediré amablemente, hagamos un
momentito de silencio y cada uno de nosotros en silencio, en su corazón, se
pregunte: ¿quién es Jesús para mí? En silencio, cada uno responda, en su
corazón: ¿quién es Jesús para mí?
Que la Virgen María nos ayude a
‘ir’ siempre a donde Jesús, para experimentar la libertad que Él nos ofrece, y
que nos consiente limpiar nuestras opciones de las incrustaciones mundanas y
de los miedos.»
Lectura complementaria a la clase CEC 36-43
TEXTO COMPLETO:
Catequesis del Papa Benedicto XVI sobre Lo razonable de creer
VATICANO, 21 Nov. 12
/ 10:27 am (ACI).- Queridos hermanos y hermanas:
Avanzamos en este Año
de la fe, llevando en nuestros corazones la esperanza de redescubrir cuánta
alegría hay en creer y encontrar el entusiasmo de comunicar a todos las
verdades de la fe. Estas verdades no son un simple mensaje de Dios, una
particular información sobre Él. Sino que expresan el acontecimiento del
encuentro de Dios con los hombres, encuentro salvífico y liberador, que realiza
que las aspiraciones más profundas del hombre, sus anhelos de paz, de
fraternidad y de amor.
La fe lleva a
descubrir que el encuentro con Dios valoriza, perfecciona y eleva lo que es
verdadero, bueno y bello en el hombre. De este modo, se da la circunstancia de
que, mientras Dios se revela y se deja conocer, el hombre llega a saber quién
es Dios y, conociéndolo, se descubre a sí mismo, su origen y su destino, así
como la grandeza y la dignidad de la vida humana.
La fe permite un
conocimiento auténtico sobre Dios, que implica a toda la persona humana: se
trata de un "saber", un conocimiento que le da sabor a la vida, un
nuevo sabor a la existencia, una forma alegre de estar en el mundo. La fe se
expresa en el don de sí mismo a los demás, en la fraternidad que nos hace
solidarios, capaces de amar, derrotando la soledad que nos hace tristes.
Este conocimiento de
Dios mediante la fe, por lo tanto, no es sólo intelectual, sino vital. Es el
conocimiento de Dios-Amor, gracias a su mismo amor. Además, el amor de Dios
hace ver, abre los ojos, permite conocer toda la realidad, más allá de las
estrechas perspectivas del individualismo y del subjetivismo, que desorientan
las conciencias. El conocimiento de Dios es, por tanto, la experiencia de la
fe, e implica, al mismo tiempo, un camino intelectual y moral: marcados en lo profundo por la presencia del Espíritu de Jesús en
nosotros, podemos superar los horizontes de nuestros egoísmos y nos abrimos a
los verdaderos valores de la vida.
Hoy, en esta catequesis, quisiera detenerme sobre lo razonable de la fe en Dios. La tradición
católica ha rechazado desde el principio el denominado fideísmo, que es la
voluntad de creer en contra de la razón. Credo quia absurdum (creo
porque es absurdo) es la fórmula que interpreta la fe católica. De hecho, Dios
no es absurdo, en todo caso es misterio. El misterio, a su vez, no es
irracional, sino sobreabundancia de sentido, de significado y de verdad.
Si contemplando el
misterio, la razón ve oscuro, no es porque en el misterio no haya luz, sino más
bien porque hay demasiada luz. Al igual que cuando los ojos del hombre se
dirigen a mirar directamente al sol y sólo ven tinieblas ¿quién podría decir
que el sol no es brillante? Aún más, es la fuente de la luz. La fe le permite
ver el "sol" de Dios, porque es acogida de su revelación en la
historia y, por así decirlo, recibe verdaderamente toda la luminosidad del
misterio de Dios, reconociendo el gran milagro: Dios se ha acercado al hombre y
se ha ofrecido a su conocimiento, condescendiendo al límite de la criatura de
la razón humana (cf. CONC. CE. IVA. II, Constitución Dogmática. Dei Verbum, 13).
Al mismo tiempo,
Dios, con su gracia, ilumina la razón, le abre nuevos horizontes,
inconmensurables e infinitos. Por este motivo, la fe es un fuerte incentivo
para buscar siempre, sin parar nunca y sin desfallecer, el descubrimiento de la
verdad y la realidad inagotable. Es falso el prejuicio de algunos pensadores
modernos, que aseveran que la razón humana quedaría como bloqueada por los
dogmas de la fe. En realidad, es todo lo contrario, como han demostrado los grandes
maestros de la tradición católica.
San Agustín, antes de
su conversión, busca con tanta inquietud la verdad, a través de todas las
filosofías disponibles y las encuentra todas insatisfactorias. Su fatigosa
búsqueda racional es para él una pedagogía significativa para el encuentro con
la Verdad de Cristo. Cuando dice, "comprende para creer y cree para
comprender" (Discurso 43, 9: PL 38, 258), es como si estuviera contando su
propia experiencia de vida.
Ante la revelación
divina, el intelecto y la fe no son extraños o antagonistas, sino que ambas son
condiciones para comprender su sentido, para recibir su mensaje auténtico,
acercándose al umbral del misterio. San Agustín, junto con muchos otros autores
cristianos, es testigo de una fe que se ejerce con la razón, que piensa e
invita a pensar.
Sobre esta huella,
san Anselmo en su Proslogion dice que la fe católica esfides quaerens
intellectum, donde la búsqueda de la inteligencia es un acto interior al
creer. Será especialmente Santo Tomás de Aquino –afianzado en esta sólida
tradición de lo razonable de la fe– el que se confronta con la razón de los
filósofos, mostrando cuánta vitalidad racional nueva y fecunda enriquece el
pensamiento humano cuando se insertan los principios y las verdades de la fe cristiana.
La fe católica es,
pues, razonable y nutre también confianza en la razón humana. El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Dei Filius,
afirma que la razón es capaz de conocer con certeza la existencia de Dios por
medio del camino de la creación, mientras que sólo pertenece a la fe la
posibilidad de conocer "fácilmente, con absoluta certeza y sin error
"(DS 3005) la verdad acerca de Dios, a la luz de la gracia. El conocimiento
de la fe, además, no va en contra de la recta razón.
El beato Papa Juan Pablo II, de hecho, en la encíclica Fides et ratio, sintetiza
así: "La razón humana no queda anulada ni se envilece dando su
asentimiento a los contenidos de la fe; éstos en todo caso se alcanzan mediante
libre y consciente elección "(n. 43). En el irresistible deseo por la
verdad, sólo una relación armoniosa entre la fe y la razón es el camino que
conduce a Dios y a la plenitud de sí mismo.
Esta doctrina es
fácilmente reconocible en todo el Nuevo Testamento. San Pablo, escribiendo a
los cristianos de Corinto sostiene: "Mientras los Judíos piden señales y
los Griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado:
escándalo para los Judíos, necedad para los gentiles" (1 Cor 1:22-23).
De hecho, Dios ha
salvado al mundo no por un acto de fuerza, sino a través de la humillación de
su Hijo único: de acuerdo a los parámetros humanos, el modo inusual dado por
Dios contrasta con las exigencias de la sabiduría griega. Y sin embargo,
la cruz de Cristo es una razón, que San
Pablo llama: ho logos tou staurou, "la palabra de la
cruz" (1 Corintios 1:18). Aquí, el término lògos significa tanto razón
como palabra y, si alude a la palabra, es porque expresa verbalmente lo que
elabora la razón.
Por lo tanto, Pablo
ve en la Cruz no un evento irracional, sino un hecho de salvación que tiene su
propia racionalidad reconocible a la luz de la fe. Al mismo tiempo, tiene tal
confianza en la razón humana, hasta el punto de asombrarse por el hecho de que muchos,
incluso viendo la obras realizadas por Dios, se obstinan en no creer en Él:
"En efecto –escribe en su carta a los Romanos– las perfecciones invisibles
[de Dios], es decir, su eterno poder y divinidad, vienen contemplados y
comprendidos por la creación del mundo a través de las obras realizadas por Él
"(1,20).
También San Pedro
exhorta a los cristianos de la diáspora a adorar "al Señor, Cristo, en
vuestros corazones, siempre dispuestos a responder a todo el que os pida la
razón de la esperanza que hay en vosotros" (1 Pedro 3:15). En un clima de
persecución y de fuerte necesidad de dar testimonio de la fe, a los creyentes
se les pide que justifiquen con motivaciones fundadas su adhesión a la palabra
del Evangelio, de dar la razón de nuestra esperanza.
Sobre esta base,
acerca del nexo fecundo entre entender y creer, se funda también la relación
virtuosa entre ciencia y fe. La investigación científica conduce al
conocimiento de verdades siempre nuevas sobre el hombre y el cosmos. El
verdadero bien de la humanidad, accesible en la fe, abre el horizonte en el que
se debe mover su camino de descubrimiento.
Por lo tanto, deben
fomentarse, por ejemplo, las investigaciones puestas al servicio de la vida y
que tienen como objetivo erradicar las enfermedades. También son importantes
las investigaciones para descubrir los secretos de nuestro planeta y del
universo, a sabiendas de que el hombre está en la cima de la creación, no para
explotarla de manera insensata, sino para custodiarla y hacerla habitable.
Así, la fe, vivida
realmente, no está en conflicto con la ciencia, más bien coopera con ella,
ofreciendo criterios básicos que promuevan el bien de todos, pidiéndole que
renuncie sólo a los intentos que –oponiéndose al plan original de Dios– pueden
producir efectos que se vuelvan contra el mismo hombre. También por ello es
razonable creer: si la ciencia es un aliado valioso de la fe para la
comprensión del plan de Dios en el universo, la fe permite al progreso
científico realizarse siempre por el bien y la verdad del hombre, fiel a este
mismo diseño.
Por eso es crucial
para el hombre abrirse a la fe y conocer a Dios y su proyecto de salvación en
Jesucristo. En el Evangelio, se inaugura un nuevo humanismo, una verdadera
"gramática" del hombre y de toda la realidad. ElCatecismo de la Iglesia Católica afirma: "La verdad de Dios
es su sabiduría que sostiene el orden de la creación y el gobierno del mundo.
Dios, que "hizo Él solo, el cielo y la tierra" (Sal 115,15), puede dar, Él sólo, el verdadero
conocimiento de todo lo creado en la relación con Él "(n. 216).
Confiemos que nuestro
compromiso en la evangelización ayude a dar nueva centralidad al Evangelio en
la vida de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Oremos para que todos
vuelvan a encontrar en Cristo el sentido de la vida y el fundamento de la
verdadera libertad: sin Dios, de hecho, el hombre se pierde. Los testimonios de
los que nos han precedido y han dedicado su vida al Evangelio, lo confirma para
siempre.
Es razonable creer,
está en juego nuestra existencia. Vale la pena darse por Cristo, sólo Cristo
satisface los deseos de verdad y de bien arraigados en el alma de cada hombre:
ahora, en el tiempo que pasa, y en el día sin fin de la bendita eternidad.
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